“B” DE BASBOUSA: Un elogio a Mohamed Bouazizi

Una y treinta y siete de la mañana. Me sorprende despertarme a esta intempestiva hora cuando llevo poco más de una hora durmiendo. Todo tiene un porqué. En la oscuridad del cuarto, pienso. Imagino cosas. No son sueños, más bien ideas. Me acuerdo de las estrellas de David cosidas sobre las solapas de los judíos en la Alemania nazi. Otra imagen, la de unos bigotudas sonrisas egipcias que sostienen un cartel en el que escriben شكرا Facebook. Gracias Facebook. Más flashes. La revuelta ordenada islandesa de hace un par de años para no pagar por el abuso de sus propios bancos. Se me aparece la máscara de V, el personaje de cómic de Vendetta que se ha convertido en el nuevo rostro anónimo de nuestra generación, presente en cada protesta, en cada revuelta, en cada grito de No Más Engaños.

Sigo imaginando mientras salto de la cama con una sola idea: ESCRIBE. Teclea lo que sea que te acaba de sacar de tus sueños. Desde una cajita de música imaginada, escucho la de yo soy un moro-judío, nacido entre los cristianos… Inflación disparada del precio de los alimentos. Paro crónico en un mundo árabe aletargado durante décadas. Julian Assange, en el banquillo de los acusados, y cientos de máscaras de Vendetta en las grandes capitales del mundo. Las imágenes serpentean rápidamente por mi cabeza, mientras planto mi laptop sobre las rodillas y ávido tecleo tantas letras como banderas egipcias en la Plaza de Tahrir, en el centro del Cairo.

Imagino millones de jóvenes desilusionados, hartos de querer ser alguien en la vida y no ver nada más que un foso de arenas movedizas que les separa del sempiterno palacio de un rey desnudo. El rey de la sonrisa hierática. Sus padres ya susurraban años atrás, desde el otro lado del foso, queremos promesas, querido rey. La misma sonrisa de yeso descascarillado. Sus hermanos mayores lo repitieron. Unos con tanta fuerza que acabaron con sus huesos en una oscura prisión al otro lado del foso. Con todo, el rey, aunque más viejo, seguía sonriendo inmutable, prometiendo. Siempre prometiendo las mismas promesas vacías de otros tiempos ya olvidados.

Pero para algunos, como Mohamed Bouazizi, quedaba poco que perder. Nunca había tenido tiempo de gritarle al rey desde el otro lado de su carrito ambulante. Ya tenía bastante con lidiar con los oficiales bastardos que cada dos por tres aparecían por su placita en la pequeña ciudad de Sidi Bouzid, en el centro de Túnez, para abusar de su pequeñez. Le pedían papeles que ni tenía, ni nunca tendrá. Le robaban de lo poco que ganaba, porque así es la vida, Alhamdulillah. A él, a Basbousa -como le llamaban sus amigos y sus seis hermanos huérfanos- que desde los diez años había trabajado sin molestar a nadie; a él que ya con 26 años seguía debiendo los 200 dólares con los que había conseguido comprar su última carretilla de hortalizas… ¿A él? ¿Por qué a él?

En la mañana de un frio viernes de diciembre, los oficiales volvieron a acorralarlo con las mismas preguntas de cada semana. Cuando les contestó que ya no podía pagar más y que por supuesto nunca podría tener los papeles que le pedían, la oficial al mando, Faida Hamdi, levantó el brazo y lo abofeteó frente al resto de vendedores, le escupió en la cara y después de insultarle, le requisó sus pertenencias.

¿ אלוהים שלי, אלוהים שלי, למה עזבתני? Como dijo un famosísimo judío hace 2000 años, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?  No sólo Dios, sino su Gobernador local al que fue a ver y que por supuesto no le recibió. Con el alma hecha jirones y una hora no más después de que abusasen de él, Basbousa se roció de gasolina y ardió hasta morir. El final de su triste historia… no tiene final. Es un precioso comienzo en el que millones de árabes han prendido su hartazgo con la misma gasolina de Basbousa y la fiesta no ha hecho más que empezar.

Pero, ¿seguro que ha sido él quien me ha despertado en mitad de la noche? Venga Carlos, vuelve atrás. Piensa en todos esos flashes, esas ideas del principio. Piensa joder, piensa. Pero si sigo pensando, canturreo a la Bersuit, Es importante: pa’que el fuego no se muera, sacar el diablo afuera, aconsejo este ritual. Con otra geta, exorcizar el maleficio y sacarle un beneficio a esta desgracia universal…

No pienses tanto Carlos. HAZ. Te has despertado porque con todas esas ideas se puede hacer algo, no sólo pensar y escribir y contarle al mundo lo bueno que eres. La mamá de Basbousa, entrevistada horas después de la muerte de su hijo, aseguraba entre sollozos que su hijo no se había quitado la vida por ser pobre –ya que siempre lo habían sido y sabía que era casi imposible salir de esa trinchera- sino porque le humillaron. Horas antes de morir, era un humilde vendedor con una deuda y una carretilla llena de verduras; pero a la vez le salvaba su incomprensible dignidad de hombre libre, responsable de sus pequeñísimos actos y dueño de sus irrisorias pertenencias. Sin ese pequeño tesoro, a Basbousa ya no le paraba ni un ejército. Sólo su sacrificio, como grito impotente del desposeído al que no le queda nada más que su último soplo incendiario de vida, valdría para algo. Rock the kashbah, Mohamed!

Me arde la sangre cuando leo sobre él y cuando pienso en todas las injusticias del mundo. Pero también he visto cómo esta revolución no ha sido televisada, sino posteada en Facebook y twitteada por millones de anónimos ciudadanos internautas. Los medios tradicionales venían detrás. Y las armas mucho más, si cabe. Salvo unos días a pedrada limpia –que sano ejercicio el de lanzar piedras con todas tus ganas- el ejército ha hecho de lubricante pacificador. Bien, ¿y ahora qué entonces? ¿Qué más Carlos? Me encantaría ser programador de aplicaciones. Cuando salté de la cama me acordé de esa sociedad alemana que, obnubilada por su fanático líder, señalaba con el dedo acusador a los que hasta entonces habían sido sus vecinos, amigos y compañeros de trabajo. Juden. Marcados como ganado y a los campos de concentración. Qué fácil sería desarrollar una pequeña aplicación –una app– con la que acusar a los “malos”: a los políticos corruptos, a los banqueros estafadores, a los abusadores de menores… pero como la envidia del hombre no tiene límite, pronto apuntaríamos nuestro ratón para clickear sobre los que nos molestan, a los que nos desagradan, a los que despreciamos, a los distintos. Los malos y yo. Así hasta que otro me señalase a mí y ya sería demasiado tarde para frenar la rueda del odio.

Pero no; quiero diseñar la app opuesta: la app que cuide de tus tres conocidos más necesitados. Tres personas que hayan perdido la dignidad, el trabajo, una pierna o a su novia. Pero tres. Nada más –y nada menos- que tres seres queridos, tres con nombre y apellidos a los que quieras sinceramente ayudar. Si Facebook es capaz de ayudar a un país a acabar con el status quo indeseable… ¿cómo no va a ser capaz de ayudarme a ayudar a los míos? Mi app es consciente de que el internauta peca de dos cosas: síndrome de déficit de atención y una muy desalineada concepción de lo que queremos hacer, y de lo que estamos dispuestos a hacer. Por eso es importante limitarlo a tres personas y que sus necesidades sean fáciles de describir, como por ejemplo haber perdido el trabajo, o necesitar recapitalizar una pequeña deuda para mantener una pequeña empresa a flote. Tus contactos podrán ver de qué se trata –sin ver los nombres, o tal vez sí- y así ponerse manos a la obra para tratar de resolver el problema. Aquellas personas capaces de resolver el problema de alguna persona necesitada, empezará a ganar puntos como “ángeles de la guardia”. Suena un poco artificial, pero ya encontraré la manera de recompensar a esos “conseguidores”. A partir de ahí, podremos incluir otra persona más a ayudar y la rueda se pondrá en movimiento.

Son las 4 y media de la mañana, sin sueño y con la mente a cien. Tengo algunos contactos aquí en Londres y en América a los que proponer mi nueva app. Pero no quiero ningún beneficio. Será una aplicación gratuita. Y por supuesto, la llamaré Basbousa.

Gracias amigo tunecino. Mientras amanece, soñaré contigo. Descansa en paz Basbousa.

(Artículo publicado originalmente en el #4 de la Revista Bamboo. Argentina, marzo 2011).

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