UNA NUEVA ASIGNATURA PARA HARRY

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Volcker, el mago monetarista

Eran casi las dos de la tarde. Justo a tiempo para que sonase la campana de vuelta a clase. Harry entró en el aula a trompicones, unos segundos antes de que lo hiciese el profesor. Se sentó en el pupitre que diligentemente le había guardado Hermione a su lado:

 –Harry, ¡otra vez tarde! –le espetó Hermione.

-Buff, ya sabes que los martes tengo quidditch y acabo llegando apuradísimo.

-Oye- continuó Hermione: imagino que no te habrás olvidado de traer lo que nos pidió el nuevo profe para hoy…

-¡Ay! –masculló Harry entre dientes. –Ya sabía yo que se me olvidaba algo.

 -Señores… cállense.- El nuevo profesor no parecía tener ganas de guasa. –Dejen que me presente: soy su maestro de economía aplicada. Unos me conocerán como el Gigante Gentil, otros como el Mata-Inflaciones… pero prefiero presentarme por mi verdadero nombre: Paul Volcker[1].

 Los chicos escudriñaban curiosos a ese hombretón de más de dos metros de altura y voz tronante con fuerte acento alemán.

 -Sé que no esperabais una asignatura como esta, pero su querido director y amigo mío, el gran mago Dumbledore decidió cambiar el plan de estudios a última hora. Coincidí con él en la conferencia anual de magia cuántica en Jackson Hole[2], en las montañas de Wyoming. Y visto los tiempos inciertos que asolan Occidente, hemos decidido incorporar esta asignatura al plan de estudios. Así que cierren sus libros ahora mismo; no los van a necesitar. Sólo utilizaremos lo que les pedí que trajeran para hoy: una copia del historial crediticio de padre o madre.- Harry tragó saliva…

 -Les contaré una historia muy simple- continuó Volcker: -una historia con fuerte paralelismos para con nosotros los humanos. Una historia de mundos que nacen, crecen y mueren… en las frías tundras del norte. Aquella región está poblada por parientes muy cercanos a nosotros, los humanos; seres que viven en comunión con la Madre Naturaleza, disfrutando de lo que la tierra les provee.

 -Seguro que va a hablar de los Trolls…– murmuró Ron entre risas ahogadas.

 Escudriñando por unos segundos el aula de piedra ancestral y vigas nobles, libros centenarios e históricas vidrieras, Volcker clavó su mirada de cóndor en Ron y prosiguió su discurso con gesto estoico:

 -Sí, como os iba diciendo… De tanto en cuando la historia se tuerce para ellos, y acaban por ocurrirles cosas terribles y miles de ellos perecen sin que nada ni nadie pueda evitarlo.-

La clase le miraba absorta, cada vez más incapaces de entender qué tenía que ver todo aquello con economía.

 -Les hablo de los lemmings, señores. Sí, los lemmings.

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“¡Nosotros morimos, nosotros decidimos!”

 Alguna que otra risa burlona se oyó desde la esquina donde se sentaban Draco Malfoy y sus secuaces, pero Volcker los calló con su mirada penetrante.

 -Pobres lemmings. Y pobres de ustedes que actúen como ellos. Quizá y con suerte, alguno de ustedes entienda algo de lo que les voy a contar a continuación…

 Volcker prosiguió: -Tras cientos de años de abusos, disgustos, crisis y rebeliones, parecía que los lemmings habían llegado al fin de su Historia; de la pax romana, a la pax lemmus lemmus. Nunca antes su colonia había sido tan rica, una relativa paz reinaba en los cuatro confines de la tundra y el contrato social que unía a unos y a otros parecía más sólido que nunca.

 Ron miró a Harry por un segundo y los dos arquearon las cejas como reconociendo que no entendían nada de nada. Volcker, mientras, inmune a las caras de alucine de sus alumnos, continuó irremediablemente:

-Durante siglos, insisto, el lemming creció en un entorno hostil e incomprensible, lleno de imponderables a los que fue nombrando, clasificando, queriendo y evitando a base de prueba y error: águila, MAL; semillas, BIEN; acantilado, MAL; suficiente, BIEN; más, MUCHO MEJOR; frío, MAL… y así sucesivamente. Sus cerebritos tamaño guisante crecieron y se hicieron cacahuete doble, lo que les ayudó a comprender mejor el mundo que les rodeaba. Pero aún así, al mismo tiempo que la gran familia iba creciendo en complejidad, más se regodeaban de sus éxitos. Les bastó creerse superiores a la incertidumbre del futuro, delegando responsabilidades peligrosamente para que su sociedad, un día inesperado, acabase por desmoronarse inexorablemente.

 -¡JAMÁS! –tronó Volcker inmerso en su historia. -¡Jamás se puede bajar la guardia!. Tras un invierno más largo de lo normal, el permafrost había congelado muchas de las semillas del año anterior, por lo que la comida empezó a escasear de manera alarmante. El hambre se instaló en la comunidad y ante el desastre que se avecinaba, recurrieron al sacrificio supremo. Miles de ellos se congregaron en masa frente al famoso Precipicio de Taylor[3] y, a la de una, se precipitaron al vacío sin que uno sólo gritase Jerónimo[4]… Eran conscientes de que esa era la única forma de salvar a las generaciones venideras.

 -¿Y tuvieron que saltar, sin más?- dijo Ron Weasley. –Tendrá que haber alguna otra solución menos paranoica, ¿no?-

-Es verdad- respondió Volcker. -podrían haber actuado como nosotros los humanos, seres mucho más evolucionados, con el cerebro más poderoso del reino animal y dueños y señores de los recursos del planeta en el que vivimos. De un ser así, tan listos como somos, deberíamos esperar una solución más comedida y exitosa… ¿o no?

 Los alumnos dudaron unos instantes, creyendo entender que Volcker les estaba empujando hacia una trampa perfectamente camuflada.  Aún así, Ron se atrevió a contestar:

 -Supongo que sí, profesor. Nosotros estamos pasando por fases parecidas donde junto con el establecimiento de instituciones más o menos exitosas, hemos sido capaces de sacarle la mayor rentabilidad a lo que la Tierra nos brinda.-

-Bien señor Weasley. Y… ¿Qué más? ¿Cuánto le debemos a esas instituciones? ¿Por qué funcionan?-

-Mmmm… supongo que por el rédito histórico– continuó Ron confiado. -Estamos donde estamos, porque hemos sufrido siglos mejores y peores hasta llegar a lo que tenemos hoy en día. No digo que sea lo mejor, pero es que no hay otra.-

-No va usted mal encaminado señor Weasley, pero busco algo más. Estamos acostumbrados a ver la historia como algo que los poderosos nos imponen, pero… siendo nosotros tantos millones de seres con sus millones de dosis de libre albedrío, algo habremos colaborado en conseguir lo que hoy existe, ¿no creen?-

 La clase en este momento estaba perdida. Volcker disfrutaba satisfecho con el murmullo que invadía el aula, a sabiendas de que los chavales se estrujaban el cerebro sin tener muy claro cuál era la solución del problema. Hasta que el murmullo fue roto con una nueva respuesta:

 El exceso de confianza– se escuchó tímidamente desde la bancada.

–¿Quién ha dicho eso?- rugió Volcker expectante, -venga que levante la mano y lo explique.-

Harry se ajustó las gafas, se levantó decidido y añadió:

-Lo dije yo; y a lo que me refiero es que creo que hay una confianza excesiva de unos con otros. Aparentemente, las sociedades acaban tejiendo millones de relaciones de todo tipo que, si las examinamos más en detalle, se podrían cortar con el pelo del bigote de un lemming.-

 La clase estalló en una risotada generalizada. Harry hizo una mueca mezcla de condescendencia con la clase y cierto temor a tropezar delante del nuevo e imponente profesor.

 -Eureka- añadió suavemente Volcker ante el estupor de los alumnos.

–Eureka, eureka, eureka. Señor Potter, ha dado usted en el clavo. La confianza excesiva del ser humano, que yo, si me permite, optaré por llamarlo optimismo intrínseco. El hombre hace muchos años que perdió el control de su entorno, pasando a sustituir sus labores básicas de cazador-recolector por las de ciudadano en un entorno no agresivo para su supervivencia, pero sí infinitamente más complejo que lo que la naturaleza le regaló en su día.

 -Saltándonos miles de años de historia que espero ya estudiasen en otros cursos- continuó Volcker- llegamos al día de hoy donde, una vez más, la historia se repite. Y aunque podría hablarles de cientos de ejemplos de piedras en los que el hombre se ha –nos hemos- tropezado, quiero centrarme en algo más “económico”, más mundano de lo que se imaginan.-

-Así que… Señor Potter: ¿para qué cree que les he hecho traer el historial crediticio de sus padres a clase? ¿Qué tendrá eso que ver con el optimismo intrínseco?-

Harry atisbó su mesa vacía, volvió la mirada hacia el gran profesor… y se estremeció. (CONTINUARÁ…).

(Artículo publicado en la Revista Bamboo, verano 2012-13. Argentina)


[1] Casualidad o no, el nombre de este gran catedrático de economía coincide con el del más famoso presidente de la Reserva Federal americana. ¿Casualidad?

[2] El mismo balneario donde, cada año, se reúnen los presidentes de todas las reservas federales gringas y sus invitados internacionales. Pura casualidad, de nuevo…

[3] bautizado así en honor al ilustre mago de política monetaria que estableció un ratio muy coherente de tipos de interés e inflación. Artes oscuras, sin duda

[4] el apache con más nueces al norte de Río Grande. Un torero

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