Cuento de Navidad

—El Joni es el típico pavo que la lía parda allí donde va.

—Pero ¿por qué, qué hacía papá?

—Pues eso… que la lía parda, que es un fuera de serie, que la “saca del estadio”, como dicen los colombianos.

—¿La qué…?

—La saca del estadio… la pelota, como en el beisbol, ¡un home run!

—Ah, jaja… vale. Pues cuéntame alguna de vuestras aventuras en Colombia.

—Hace ya mucho tiempo que volví…

—¡Venga papá…!

—Vale, vale… ¿te conté la del Río Táchira, en la frontera con Venezuela?

—¡No! ¡Cuenta!

—Imagínate a ese madrileñito de mi quinta, renacentista afrancesado, un artista del escapismo, arquitecto de hermosos planos y planes imposibles, pelucón de rizos indómitos y manos de pianista noctámbulo… mente rápida como una ballesta y voz desgastada como un arcabuz. Creo que si no hubiese sido arquitecto, habría sido boxeador irlandés o amante de Ava Gardner… o…

—¡Papi!

Sí… pues por aquel entonces, los dos vivíamos en Bogotá y como todos los años, teníamos que volver a casa por Navidad, como el turrón. Yo, lo tenía todo listo: visado y billete. Y Joni… ni lo uno ni lo otro.

De la cocina, tronó una voz, que se mezclaba con el aroma de puchero casero:

—¡Mi amor! Hazme un favor: vete poniendo la mesa para la cena de esta noche. Somos cinco… mis padres, el niño, tú y yo.

—¡Mamá espera! Que papi me está contando una historia.

—Sí cariño… ahora la pongo. Carlitos me ayuda.

—No te olvides de las velas navideñas, ¿vale?

—Síiiii… tranquila.

 

—¿Érais ilegales papá?

—Bueno… más o menos. Yo andaba con visados extraños, mientras que a Joni, el suyo de turista se le caducó. Y decidió arreglarlo por la vía rápida.

—¿Pagando?

—No, qué va. Eligió la forma más temeraria: salir por carretera hasta Cúcuta, la pequeña ciudad frontera con Venezuela, para luego cruzar a San Antonio de Táchira, el pueblo venezolano más corrupto donde todo se consigue con plata o con plomo.

—¿Pero Venezuela no era un país bolivariano cuando tú viviste allá?

—Claro: bolivariano, quebrado, corrupto, peligroso… un imán para alguien como Joni.

—¿Y qué pasó?

—¡Y qué NO pasó! Después de diez horas en coche desde Bogotá, Joni se aseguró de tener en regla: cédula de extranjería, pasaporte, billetes pequeños para tabaco y lo que fuera… todo bien metidito en su riñonera secreta. Allí conoció a su “conseguidor”, Don Pedro, un funcionario afable y curtido en mil historias fronterizas que, por un precio fijo, se encargaría de todo el trámite; no sólo el qué, sino el cómo: los pasos a seguir, lo que no decir, lo que coimear…

—¿Qué es coimear?

—Pagar sobornos. En aquella época era la grasa con lo que mejor funcionaba Venezuela. Pues eso, que Don Pedro le dio el OK para cruzar, tramitar su visado en un pispás y volver por donde había entrado más legal que nunca. Dicho y hecho! El Joni se subió a una buseta, atravesó la frontera y pisó la tan temida República Bolivariana por primera vez en su vida…

—¡Mi amooorr! ¿Está la mesa lista? ¡Mis padres están al caer!

—Sí cariño, estamos en ello… venga hijo, la pala del pescado a la derecha del cuchillo.

 

—¿Y qué pasó entonces papá?

—Pues que el quilombo se desató: todos sabíamos que ese mismo día, Venezuela estaba celebrando elecciones presidenciales, que las espadas estaban en alto entre Maduro y la oposición y… pues había mucha tensión, la verdad. Lo que no nos imaginábamos es que, en ese mismísimo día, Maduro se atrevería a cerrar la frontera entre los dos países.

—¿En serio? ¿Pero y eso se puede hacer?

—¡Obvio! La guardia bolivariana cerró la frontera a cal y canto, dejando a Joni con lo puesto. Imagínatelo… tirado en Venezuela, con sus documentos en manos de la poli más corrupta… Durante tres días y tres noches, esperó, esperó y esperó, durmiendo en la mismísima oficina de aduanas, sufriendo al detestable agente de visados, que cada día le repetía la misma cantinela:

—Señor, qué pena con usted; señor, ¿usted quién se cree? señor, no se altere; señor, ahora estamos cerrados; señor, no se apoye en mi mesa; señor, me da igual cómo sea en España…

Imagínate el infierno, Carlitos. Sin ropa para mudarse, tratando de sudar lo menos posible en un pueblo mugriento donde los niños aprenden a sudar antes que a hablar; sin batería en el móvil… Cuando por fin consiguió el tan ansiado visado, le birló al agente un enorme cenicero de piedra con la cara de Chaves que el tipo tenía sobre su mesa… ¡jajaja! Pagaría por haberlo podido ver en directo, por un agujerito.

—Y entonces, ¿volvió a Colombia?

—¡Qué va! Lo mejor estaba por empezar. La frontera estaba cerrada, así que desde el otro lado, Don Pedro le recomendó cruzar el río Táchira antes del amanecer, un pedregal de cantos rodados y aguas arcillosas que, desde primera hora, exponía a cuanto pasara por ahí. Era una mina de oro para los traficantes de personas, que hacían su agosto pasando gente de un lado a otro, antes de que el ejército ocupara sus puestos y lo hiciera todo más difícil aun. Y en ambas orillas… selva. Selvas de bacrim, bandas criminales y nubes de mosquitos. Pero como a Joni no lo frena nadie, agarró su puñado de dólares, su iphone sin cobertura y empezó a buscar a algún canalla que lo cruzara del otro lado…

—¡Riiiiiiiiiiinnnngg! Mi amoooooorr… llaman a la puerta, ve a abrir. Deben ser mis padres.

—¡Papi, termina la historia!

—Espera hijo, voy a abrir a tus abuelos.

 

Con la botella de tempranillo a medio descorchar en una mano, abrí sin dilación la puerta con la otra y frente a mí, en vez de los suegros de toda la vida, me di de bruces con esa inconfundible silueta de renacentista afrancesado y pelucón de rizos indómitos, recortando la tenue luz del descansillo:

—¡Charlie! ¡Feliz Navidad! ¡Dame un abrazo tío!

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A caravanserai, or khan, or fondouk, was a roadside inn where travelers could rest and recover from the day's journey. Caravanserais supported the flow of commerce, information, and people across the network of trade routes covering Asia, North Africa, and South-Eastern Europe, especially along the Silk Road.
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